© 2011 Dani Cantó Laestrellarodaje

Blog: Mi vida como extra (por un día)

 

En 2007, y cómo parte de su campaña electoral, David Cameron intentó la estúpida estrategia de realizar cada día un trabajo diferente. Y no era ser un día político, el otro consejero y el otro asesor. No, ese pijo de inglés, imagen del nuevo torismo y novio perfecto de todas las Briget Jones decidió hacer un día de barrendero, otro de pintor, otro de barrendero. Obviamente los resultados fueron hilarantes porque la pantomima no había Dios que se la tragara. Eso sí, el guiri consiguió ganar las elecciones.

Este caso me viene a la cabeza en algún momento de la eterna línea roja que me lleva a Santa Coloma de Gramanet. Y se me ocurre, mientras repaso las tareas y trabajos estúpidos que he hecho a lo largo de mi vida. Me vienen a la mente, por asociación, los dos que más odié: recogevasos en un local de salsa (duré un sólo día, no pude soportarlo) y embotellador en cadena de vino (en garrafa).

Me vienen a la cabeza porque estoy camino de añadir uno más a mi lista: figurante en una película. Lo había hecho antes, pero esta vez era profesional, con contrato y todo. Estudiar Comunicación Audiovisual prepara para poco, pero te permite ganar tablas en eso de salir delante de la cámara y pretender qué. Pretender que eres buen estudiante o que sabes de temas que desconoces sólo porque hay que rellenar reportaje de tus colegas y entregar en nada.

No, mi sueño no es el cine. O ya no, porque si que lo llegó a ser de pequeño. Aparecer delante de una cámara me produce escalofrío, vergüenza de mi mismo y, hasta la fecha, siempre me ha llevado intentar un cambio radical de imagen tras verme en cualquier medio. Aunque de momento llevo el pelo tan corto que de ésta no puedo salir con un cambio de imagen. Me tengo que tragar mi orgullo y, cómo mucho, intentar no ver la película cuando salga.

El rodaje en cuestión es de un film español, una ‘gran producción’ llamada ‘La Estrella’ y todo lo que nos comentan desde la agencia es que tendremos que hacer de público en un concierto. ¡No jodas! ¿Mi trabajo es ir de conciertos y ahora resulta que tengo que hacer cómo si fuera a un concierto? Ya podrían haber escogido algo distinto, ¿no? Ya que lo que toca hoy es actuar…

Pero el concierto no es de los que acostumbro a ir. Una especie de Feria de Abril en Sta Coloma, con un gran abanico de bombillas al fondo del escenario y patrocinio de Radio Taxi. Caspa, sí. Como unas fiestas de un pueblo a las que nunca iría. De hecho, allí metido me siento un traidor. A todas todas jamás podré fingir que me gusta o que estoy disfrutando. Y con las pintas que llevo aún peor, dicen claramente ‘este chico no encaja en esta fiesta’.

Por momentos creo que si me hubieran puesto a hacer de indio apache o de guerrillero vietnamita habría sido más creíble, aún sin maquillaje. Aún sin armas de coña. Yo sólo, haciendo como que hablo en otra lengua. Pero en un concierto de flamenco, con mis ropas de ir a un concierto soy como un Playmobil en un Belén. Sólo que yo soy el antiguo. Un cromagnon perdido en un Belén pero sin porra. Me siento el gazapo de la película: el orco muerto que se levanta, el reloj de oro en El Guateque.

Aún así me lo imagino de otra manera. Son fiestas de pueblo y eso si que me lo puedo imaginar. Vengo de un pueblo muy pequeño y de chaval solía pasar el verano yendo a pueblos aún más patéticos. Viendo bandas que jamás me gustarían tocar canciones que odiaba y hacer cómo que me lo pasaba medio bien, aunque sólo fuera por la compañía o por el alcohol. Todo encaja, si hago el censo. Hay tres personas de color, dos abuelos borrachos, tres gays aún no salidos del armario, mullets, músculos y bronceados malos. Cómo todo pueblo, así que ya puede comenzar la función.

Pero esto es el cine y la función nunca empieza. De hecho, como extra la mitad del tiempo de la pasas sentado esperando a que te llamen. Y eso, no pasa. No me extraña que Ricky Gervais sacara una serie de ésto. Da para cuarenta temporadas. Desde los veteranos que se conocen de otros rodajes a los estudiantes de interpretación que creen que ser figurantes es el primer paso. Aunque la mayoría de los que me acompañan hoy están en los grupos de a) parados b) estudiantes y c) amas de casa aburridas. Los hay con historia y ya he oído unas batallitas de fondo, con culpables como Nissan, arquitectos u obreros.

Todos intentan iniciar conversación con el primero que pillan cerca, por aburrimiento. No conmigo porque soy el raro. Por eso y porque me he decidido a no hablar con nadie. Los observo, pero para iniciar conversaciones estereotipadas sobre cine necesito alguna copa más. Algunos me observan más de lo normal, cómo pensando quién ha sido el hijo que puso el Playmobil en el Belén. Y yo saco mi ametralladora de soldado vietnamita imaginario y los fulmino, de manera silenciosa para que no se oiga en micro. La mierda es que son figurantes, y cómo tales, no saben siquiera fingir una muerta digna acribillados.

Tras tres horas de espera por fin nos ponen en posición. Mi grupo, el 2, ocupa el frente derecho. Estoy a apenas diez metros del escenario y no me dejan quedarme en la barra, a apenas dos pasos. No doy el perfil del borracho, pero si del fan del flamenco, ¡no te jode? En fin, piden que hagamos cómo que hablamos entre nosotros, cómo que nos gusta y cómo que aplaudimos. Todo en silencio y, en mi caso, todo mentira. Árdua tarea. ¿He dicho que necesito una cerveza?

Y volvemos al parón, pero al menos esta vez descubrimos a dos de los actores principales: Ingrid Rubio y Fele Martínez. Joder, por momentos me siento de nuevo en los noventa. En fin, se me ocurren tantas películas que estos dos jamás deberían haber hecho, que no paro de pensar en añadir ésta a la lista. ‘Seguro que encima estoy en la más mala de la lista’ pienso para mis adentros.

A la que más veo es a Ingrid, que está vestida de sevillana en el centro del escenario, repitiendo una y otra vez una coreografía que se le atraganta. El resto de bailarinas tampoco son profesionales y, por lo variopinto del grupo que incluye a una oriental, no paro de imaginarme un Sister Act o un Dangerous Minds en español. Del flamenco y en Santako, pero con la misma base. Al final todos bailan y lo hacen de puta madre a pesar de sus handicaps. Que en estos momentos, y por lo que les cuesta acabar la escena, se me antojan como bastantes.

Ah! Y no os perdáis que sale Justo Molinero a escena e incluso lo presentan cómo si lo conociéramos de toda la vida. Pues no, pero ahí está él. Una mezcla entre Agustín Fernandez y Manolo Escobar, claro ejemplo de la España +60, la de faralaes y fiestas patronales con tapas grasientas y gratis. Adivinamos que es locutor de Radio Taxi. Miento, no lo adivinamos, lo dice varias veces en una escena en la que, cada vez que repite cambia el texto. Porque Justo es un hombre de los de antes, de los que no le vale el guión. Y porque seguramente haga de él mismo, de ese locutor de rictus inmutable que cree saber cómo nadie interpretarse a sí mismo.

Son ya la una de la mañana y ni siquiera el bocata (de jamón y queso) ha conseguido subir la moral de unas tropas que, en estos momentos, yacen desperdigadas. Sin armas ni munición a su alcance. Se que es mi momento para sacar mi ametralladora de vietnamita blanco, pero me dan hasta penita. No es empatía, es pena. Porque tanto ellos cómo el servidor apenas arañaremos 40€ por una jornada de trabajo. Me extraña que con lo barato que cuestan los extras no vuelvan los yanquis de nuevo a grabar pelis del oeste o de selvas tropicales en este país. Y no esas mierdas de VickyCristinaBarcelonas que mira luego cómo nos queda la calle perdida de guiris.

‘Yo me lo pienso gastar mañana en el bar’ comenta el bakala que comparte coordenadas (o marca) conmigo. Lo oigo de rebote porque no converso con él. De hecho cuando me toca conversar con él lo hacemos en silencio, porque ruedan, y tenemos que hacer que somos colegas y hasta le rio, en silencio, sus gracias de bakala. Como en las fiestas de mi pueblo. Alterno esa versión con la de fruncir el ceño y hacer cara de crítico bonachón, de mánager en la barra o de padre orgulloso. Brazos cruzados, sonrisa, pero nada de bailes.

Cuando llegan las dos de la mañana todos nos sabemos la coreografía de memoria y eso que no es lo que nos toca. Cómo tampoco es saber de cine lo que les toca a muchos y ahí están conversando entre ellos, que si tiempos de espera, postproducción, sonido, etc. No señores, por más que estéis en un rodaje no formáis parte del cine, o es que no vísteis cómo os tratan los de producción. Sois figuritas del Belén, que por eso se os paga. Y por eso agradezco que suene la campana. Ese ‘Corten’, ‘Muchas gracias a todos’, etc… y me salto el intercambio de Facebooks (porque no tengo cuenta ni conocí a nadie) y salgo cómo Pedro Picapiedra catapultado por la trompa del Elefante a Barcelona.

Y al llegar a casa escribo estas líneas, tan sinceras cómo mi actuación en la película, transcripción casi exacta del texto que rondaba mi cabeza mientras pasaban mis horas de extra. No me quejo, ahora puedo tachar una cosa más de la lista y os puedo asegurar que ‘público entusiasmado ficticio de un concierto de Flamenco’ sigue sin ser tan malo cómo ‘recogevasos en un local de Salsa’. Así que igual repito, por si a la próxima me toca hacer de soldado vietnamita. Figurado, o de verdad.

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